Yo soy la escalera y me acuerdo del día en que me enamoré del Gran Lagarto. Tal vez fue porque ambos compartíamos un tamaño parecido; a lo mejor porque los dos somos rígidos, macizos del cuerpo y de las entrañas. Me imagino que pudo ser porque encontré en él pedazos que a mí me faltan: una cabeza, una cola y patas, claro, porque aunque yo también tenga unas, lo cierto es que son inmóviles y solo sirven para sostener, nunca para avanzar. Me enamoré de su quietud, su forma de contemplar al mundo parecida a la mía. Lo estático guarda el encanto de lo permanente, pero también posee la nostalgia de lo que no puede ser, porque es imposible que algo o alguien se quede para siempre imperturbable, igual que es imposible creer que exista de vuelta el amor de un Gran Lagarto por una simple escalera.
[del taller “escribir con los ojos” – Marina Azahua, Chilango, Sexto Piso]
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